Lluvia de Rosas

Es el órgano de difusión de la espiritualidad de santa Teresa del Niño Jesús y de los místicos del Carmelo, además de un medio informativo de la vida eclesial y carmelitana. Es una publicación al servicio del Evangelio y de la cultura. También se hace eco de las actividades del Santuario. Se publicó por vez primera el año 1923, en ocasión de la beatificación de Teresa.


Último número publicado:
Mayo - Junio de 2020




Editorial

Nuestro mañana

Mucho se ha escrito y desde muchas vertientes sobre la pandemia del COVID-19. Y a lo largo del confinamiento reforzado hemos experimentado sensaciones contrapuestas. Una de las más comunes ha sido el desasosiego de la mayoría de ciudadanos por el temor a contagiar a los más cercanos o poder ser contagiados por ellos. Ha llegado en muchos casos a la angustia y al miedo ante un peligro invisible.
Hemos admirado y seguimos elogiando la entrega del personal sanitario, sin regatear esfuerzos y en condiciones a veces poco seguras, para atender a los infectados. Otros colectivos sociales se han puesto al servicio en un sinfín de tare- as imprescindibles para sostener tan denodado trabajo.
Algo debemos aprender de esta experiencia dolorosa y reconfortante a la vez. La persona atesora unos valores que, en momentos de adversidad, se ponen de manifiesto con una excelencia inigualable. Necesitamos tomar en conciencia y recordar más a menudo que no es tanto la sociedad del acaparar bienes materiales la que es preciso consolidar, sino la sociedad del compartir y no solo los bienes materiales, sino también los valores espirituales.
Vale la pena recordar que si Jesús dio la vida por todos, también un buen número de hombres y mujeres de la medicina, de la enfermería y del voluntariado, han dado su vida por muchos de nuestros conciudadanos. En la historia humana ha habido y sigue habiendo mártires por Jesucristo, pero también ha habido y sigue habiendo mártires por la humanidad. Es la garantía precisamente de una humanidad sana, madura, con un futuro esperanzador.
Son estremecedores y al mismo tiempo estimulantes los comentarios de algunas personas que han sanado del coronavirus superando la etapa de mayor gravedad.
Ahora ya, en una etapa de serenidad, hablan de la angustia de la soledad, de una experiencia totalmente diferente a cualquier otra intervención quirúrgica o enfermedad severa. Y también que han aprendido una gran lección: aprovechar tiempo y cualidades para ser más humanos, para valorar las cosas cotidianas como las mejores oportunidades de compartir y ser felices.
Para nosotros, en el torbellino de tantas actividades contra reloj, el tiempo se detuvo un momento y hemos aprendido a mirarnos con ojos nuevos en el seno de la familia. De la dispersión afectiva anterior, se nos ha ofrecido un tiempo para fomentar un amor menos exigente, menos egoísta, más comprensivo, más alegre. Y no solo eso, sino también para valorar las pequeñas cosas de cada día, que diría santa Teresita, y vivirlas por amor a los más cercanos. De la indiferencia o el descuido a la deferencia y el cuidado de los más próximos. Y de ahí extender todo ello a los lejanos o desatendidos.
No somos autosuficientes. La humildad ha de ser el gran valor de un mundo como el actual que tan dolorosamente está experimentando la necedad del engreimiento y la altanería. Una humildad sensata que reconoce la verdad de la propia vida –fortalezas y debilidades– y empuja a la compasión y la solidaridad.
¿No será necesario, hoy más que nunca, abrir el espíritu huma- no a la mesura y cercanía del Dios de Jesucristo y a reconocerle en los que más sirven y en los que más necesitan? De hecho, Dios Padre envió a su Hijo al mundo no para explicar el porqué del dolor que nos oprime, sino para compartirlo.

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